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Está asomada a una ventana, con el pelo revuelto y los ojos entreabiertos. Ya en otras ocasiones la había podido ver, sólo un par de veces he hablado con ella, conversaciones triviales, nada importante, sobre la suciedad de la calle y el horario de recogida de basuras.
Parece uraña, algo aislada de la realidad que la rodea, su rostro está demacrado por el tiempo, como si las arrugas fueran surcos de paz que un día conducían a unos ojos vivos que ahora parecen cansados.Esta sola, o eso parece. Pasa tardes enteras apostada en esa misma ventana, refugiada tras la misma bata oscura, observando un mundo que permanece ajeno a ella, unas veces de pie otras sentada en una silla de anea, de esas de antaño, cuyo asiento ha sido tejido por alguna mano esperta de las cercanías, no diseñada y embalada por algún sueco para luego ser vendida en serie en cualquier parte del mundo, así sin personalidad ninguna, formando parte del universo de muebles anónimos, casi como las propias personas de ahora.

Ella agacha su cabeza, la posa sobre la barandilla de su ventana. Parece cansada o triste. Hoy es día festivo, puede que espere la visita pautada de unos hijos y nietos que nunca vendrán a verla, siempre hay cosas más importantes que hacer como visitar un centro comercial para comer en la franquicia de moda, hamburguesas o tapas eso es lo de menos, todo vale con tal de sentirse integrado en una sociedad autodestructiva que arrincona a sus mayores.

Son sólo las once de la mañana. Puede que lleve despierta muchas horas, dicen que la gente mayor duerme poco, no sé por qué.

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