Hacía algún tiempo que no nos veíamos, pero no importó. El reencuentro fue el esperado, romántico, con tintes pasionales que me mantuvieron pegado a ella durante unos minutos en los que el mundo exterior a nuestros abrazos y besos desapareció por completo. Silencio total.
Desde ese instante los días se sucedieron ante nosotros como un espejo en el que se reflejaba nuestro mundo cotidiano, pero totalmente ausente a lo que ciertamente importaba: nosotros.

Visitamos la isla de Capri, bella como pocas, pero totalmente inerte para mis ojos que sólo sabían ver la dulzura de los suyos.
Recorrimos rincones de la historia universal, del origen de nuestro mundo y cultura. Pero todo ello no era más que una escusa para remarcarla a ella.
Jamás había visto nada tan puro, nada tan perfectamente trazado como el perfil de su corazón, cuyo latido sustituía a la perfección cualquier mundano reloj de los que marcan el tiempo de los hombres y mujeres de este mundo.

Ella no parecía saberlo, dormía profundamente. Pero yo si lo sabia, estaba despierto. Observándola en un estridente silencio.
Era algo perfecto. Un prodigio de la geometría. Un atentado contra la indiferencia, el pecado hecho carne. Dos leves llanuras eternamente lisas del color del café, atravesadas en su espacio central por un sendero suave. A ambos lados de las llanuras sólo existía el abismo de dejarla atrás, de caer sobre las sabanas. Pero adentrarse en el suave sendero ofrecía mejores opciones, en una dirección se podía llegar hasta su nuca, un lugar donde mi boca podría dormir eternamente. En la otra dirección se puede subir hasta la colina de dos leves montículos, desde donde se puede vigilar toda la mágica extensión de su cuerpo. Era la espalda perfecta.

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