La acuciante sensación de frío en la estancia me despertó, las sienes parecían querer abrir dos nuevos orificios en mi cabeza. No pude incorporarme porque un brazo desconocido se posaba en mi pecho. Decidí levantar mis dos extremidades superiores para cerciorarme de que no era mío aquel escuálido brazo que cruzaba mi torso no muy atlético. Una vez comprobado el hecho de que no estaba solo en aquella cama, inicié una maniobra de escape para aquel suave placaje al que estaba sometido. Una vez pude incorporarme ligeramente sobre la cama pude observar que ambos flancos de mi cuerpo estaban rodeados por sendos cuerpos. Las figuras que se dibujaban tras las sábanas eran finas, de persuasivas curvas incluso tras el algodón, parecían inequívocamente las de dos mujeres cuyas melenas aparecían tan alborotadas que sólo se adivinaban débiles y redondeadas facciones de los rostros, párpados cerrados, aspecto de sueño profundo con relajadas respiraciones.

En un intento inicial por recordar los precedentes a aquella escena, pude tan solo resolver que era demasiado pronto para recomponer lo que parecía haber sido una agitada noche. Ni tan siquiera pude averiguar si había tenido algún tipo de relación con aquellas dos amazonas que ahora estaban en brazos de morfeo. Por tanto, sólo lo obvio estaba claro hasta ese momento, que dos lindos cuerpos femeninos campaban, quería pensar que desnudos, bajo las sábanas. Convirtiendo la estéril cama en una fértil llanura con dos serranías por descubrir.

Despertarlas de soslayo podría haber supuesto un atentado contra la integridad y el derecho al descanso, algo denunciable si existiera legislación en tal sentido. Decidí, por tanto, dejarlas dormir plácidamente. Ojeando la habitación, desde mi recién estrenada atalaya sobre la cama, pude ver como sobre una mesita no muy retirada de la cama, se presentaban insinuantes pruebas fehacientes de los actos, que ya a todas luces, habrían sido impunemente cometidos. Pues los envoltorios de preservativos, y el casi gigantesco “tótem” de goma no parecían un atrezzo muy habitual en un dormitorio, aunque nunca se sabe.

Un leve ruido, en lo que parecía una habitación contigua, atrajo mis sentidos que ya comenzaban a desperezarse. Me deslicé entre mis dos vecinas de cama y salí por los pies de la misma. Al ponerme en pie tuve la sensación de que mi cuerpo se retrasaba en demasía con respecto a mis ordenes mentales, pero poco a poco fui acercándome hasta la habitación de al lado.

Un chaval que no lograba a reconocer llacía dormido como un bebe entre tres hermosas aléutridas que, con manos y piernas, daban la sensación de estar custodiándolo. Y como él, permanecían desnudas mostrando sin rastro alguno de pudor la fruta prohibida.

Mi sopor iba en aumento al no reconocer a nadie, y lo que es peor aún, por no recordar absolutamente nada previo a todo lo que estaba viendo.

Justo frente a mí, y en la parte mas alejada de la estancia en la que ahora me encontraba, un tío también dormido. Un chino o japonés, asiático para no fallar. Desnudo, algo que ya empezaba a resultar familiar. Al revisarme a mi mismo me sorprendí desnudo, como todos los habitantes de aquel extraño lienzo.

Por un momento toda la escena pareció girar en torno a mí. No sabía qué había ocurrido. No recordaba absolutamente nada, ni quienes eran todas esas personas, ni de quién era aquella casa o lo que fuera. No podía ni tan siquiera decirme a mi mismo quien era yo.

Mi corazón comenzó a trabajar a destajo, bombeando con fuerza. Comencé a recorrer las habitaciones, sólo dos. Buscaba una puerta, pero no encontraba ninguna. Una ventana, necesitaba aire, tal vez así conseguiría situar las piezas del puzzle. Tal vez una noche loca y un despertar prematuro me habían hecho desorientarme. Pero no había ventanas. Ni puertas ni ventanas.

Corrí a despertar a mis amazonas, ellas deberían saber algo. Las agité con fuerza, les hablé cada vez en voz mas alta, les supliqué para que despertaran casi entre sollozos. Aparté el pelo agitado de sus rostros comprobando una belleza sin parangón que antes sólo intuía. Pero fue imposible, al igual que el resto de mis compañeros de encierro, nadie salía jamás de su profundo sueño.

Me desperté aquí, según mis cuentas han podido transcurrir unos dos meses, no encuentro salida a esta extraña cárcel. El resto de ocupantes nunca despiertan, lo he intentado todo. Desconozco si cuando yo duermo ellos despiertan. Sólo he podido comprobar que, en ocasiones, cuando despierto siempre acompañado por mis dos ninfas ya tan familiares, algunos de ellos han cambiado de posición. Apenas queda comida de la que había en origen. Que alguien me ayude.

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