Alg_n_d_aCuenta la historia acerca de un físico alemán que después de mucho esfuerzo y perseverancia desembocó en una teoría, llamada… “de la relatividad”. Lo grandioso de esta teoría era en primer lugar, su sencillez; sólo dos postulados eran los cimientos que soportaban su peso, y esto no era efecto del mero azar, uno de los objetivos de este gran científico era replantearse constantemente suposiciones científicas tradicionales y obtener conclusiones sencillas. Ahora bien, que sea sencilla no implicaba poca profundidad, sino todo lo contrario, ya que su propuesta no hacía sino modificar la interpretación del universo vigente hasta ese momento, invertía la base conceptual de los principios universales formulados 200 años antes por otro hombre llamado Isaac Newton.

Se dice que este físico, llamado Albert Einstein, comenzó a plantearse a edad madura preguntas, en apariencia inocentes, que la mayoría de las personas llevan como equipaje toda su vida sin siquiera cuestionarlas: ¿tiempo? ¿espacio?…
Poco a poco fue descubriendo que las cosas no son lo que aparentan; tiempo y espacio no parecían ser tan absolutos como se decía hasta entonces, es decir, no poseían una medida definitiva, sin influencias, sino que variaban de acuerdo a la velocidad del cuerpo en movimiento en el que eran partícipes, se relativizaban. Por ende estaban intrínsecamente relacionados, ya no se podía tratarlos como dos elementos separados de la manera que se hacía hasta entonces, por ejemplo: para un cuerpo que se desplaza con velocidades cercanas a la de la luz el tiempo parece retrasarse con respecto a otro que se encuentra en aparente reposo; otro cambio ocurre con la masa de un cuerpo, a altas velocidades se hace más pesada.
Como se ve, para resolver el acertijo, tuvo que apartarse de los hechos cotidianos donde participaban estos conceptos, tuvo que liberarse de las limitaciones de la experiencia ligada al mundo donde vivía, donde los objetos se desplazaban a velocidades muy pequeñas, un cuerpo alcanzando la velocidad de la luz no lo podía estudiar en laboratorio, por eso, tuvo que ”imaginarlo”.
Así, al dejar navegar su mente alejándose de su realidad, trató de entenderla, continuando la revolución antigeocentrista originada por el astrónomo Nicolás Copérnico.

Einstein no sólo iluminó a la física, no sólo pronunció principios, sino que aportó a la filosofía de la ciencia, nuevos procedimientos y explicaciones.
Es así que este científico, consciente de que algunas premisas no podían aplicarse de modo lógico a experimentos, instauró los símbolos matemáticos como base de su ciencia, y fue dejando de lado la experimentación como único criterio de verdad; pero tal era su genio que se dio cuenta de los límites de su propio método, escribió “tan lejos están las leyes de las matemáticas de la realidad, que ellas no son ciertas, tan lejos están de ser ciertas que no se refieren a la realidad”. Ahora bien, si se había dado cuenta que el modelo más ”exacto” e imparcial creado por el hombre para entender su mundo (matemáticas) no es del todo exacto y deja filtrar las subjetividades, ¿cual fue la prueba contundente que lo convenció de su hipótesis?
Tal vez la respuesta se encuentre en una de sus frases…”la imaginación es más importante que el conocimiento”; ¿se pecaría si dijéramos que se guió por una especie de sentimiento interior, de una intuición? Hay veces en que la razón necesita ajustarse a algún principio subjetivo para satisfacer sus demandas; no hay que olvidar que teorías como la estructura del átomo o el diseño del radar, entre otras, más allá de la investigación previa, nacieron de la confianza intuitiva de las personas en lo que habían soñado mientras dormían; estas verdades no necesitaron de ninguna evidencia física cuando se engendraron. Por consiguiente, la carencia de pruebas no son suficientes como parámetros de verdad para anular o descalificar algo, ”la ausencia de evidencia, no es evidencia de ausencia”.

En conclusión, si Einstein probó lo que nadie podía creer, no es erróneo creer en lo que no podemos demostrar. Por eso es tan importante esa parte constructivo-especulativa del pensamiento, la imaginación.

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