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Cuentan que Holanda es uno de los países con mayor tasa de suicidios, el método preferido para aquellos que se desesperan de vivir o creen agonizar en vida es lanzarse a las vías del tren. Arrojando así sus problemas junto con su propia existencia a la destrucción absoluta.

El personaje de esta historia, Contini, aún no se ha suicidado, pero piensa en hacerlo. Sólo la determinación necesaria para dar el salto le separan de tan trágico final.

Los trenes amarillos de Amsterdam cruzaban impunes las verdes campiñas, atravesaban los costados de centenares de edificios de oficinas que poblaban las afueras de la ciudad. En invierno los días de niebla eran abundantes, y ver la locomotora aparecer entre la bruma parecía anunciar un tren espectral.

Contini llevaba poco mas de un año viviendo en la ciudad de los coffeshop, había llegado allí procedente de Cerdeña, huyendo, como otros tantos, de su propio pasado. Intentando que la ciudad de las libertades, y de la promiscuidad, dotaran a, su hasta el momento paupérrima existencia, de una impronta distinta.

Cada mañana esperaba su tren en la Estación Central de Amsterdam. Todos los días igual, puntual como la maquinaria de un reloj suizo el tren amarillo hacia su aparición por el anden 12b, a las 8.05 . Contini lo esperaba apostado en una de las muchas columnas mastodónticas de acero que se elevaban hasta el techo abovedado. Siembre miraba a ambos lados de la vía, buscando gente que tuviera aspecto amargado, que esperaran nerviosos el tren. Gente que como él anduvieran a tientas con la idea de acabar con su vida en aquellas castigadas vías. Pero el tren amarillo siempre aparecía impetuoso, ajeno a intenciones suicidas.

Las rutinas azotan cualquier punto del planeta, y Amsterdam no era menos, por lo que encontrarse con caras conocidas todas las mañanas en aquel anden era ya algo normal, hasta el extremo de llegar a saludar tímidamente con un movimiento de cabezas. Contini tenía una especie de quiniela, había ciertos candidatos con posibilidades de adelantersele en su funesta decisión.

El trayecto a recorrer cada mañana rondaba los seis minutos, poco más. Siempre procuraba sentarse cerca de la puerta, en el primero de los dos pisos con los que contaban aquellos trenes. No había paradas previas a la suya, Sloterdikj. Por lo que no podía recrearse mucho mirando por la ventanilla. Sin embargo, recordaba como la primera vez que monto en aquel tren pudo ver durante un tramo de vía que pasaba junto a un grupo de casas, una joven pegada a la ventana de su apartamento con una taza en la mano. No sabía como, pero durante una fracción de segundo sus miradas se cruzaron, el había sentido como ella lo miraba. Y estaba seguro de que ella había sentido su mirada penetrante, aún con cierto vigor por ser el primer mes de estancia en aquella ciudad. Lamentablemente, aquella mañana, como otras tantas desde aquel lejano cruce de miradas, tampoco estaba en la ventana de casa. Contini ya dudaba de que la ventana que miraba cada día fuera aquella en la vio por primera y única vez a aquella joven, dudaba incluso de que la sensaciones hubieran sido las mismas por ambas partes. Pero aún así la seguía buscando cada mañana.

Sloterdikj lo esperaba como siempre, con extrañas letanías sonando por megafonía, con un ritmo acelerado de pasajeros que suben y bajan de trenes, que corrían raudos a los trabajos. La inmensa mayoría con un flamante aspecto holandés, espalda recta, traje bien planchado, portafolios en mano. Contini era de estatura media, con tendencia a lo bajo, sobre todo teniendo en cuenta la media de los Amsterdameses. Su afilado rostro iba en consonancia con su protubérica nariz, que casi le proporcionaba techumbre para fumar bajo la lluvia. Su paso era tranquilo, siempre llegaba tarde a trabajar, pero no le importaba, ni a él ni a su empresa. Nadie le había llamado nunca al orden en este sentido, por lo que el seguía tomándose la distancia que separaba la estación del trabajo con extrema calma, recreándose cuando podía en todos los detalles del camino. Los cuervos que se paraban en los arboles desnudos, el inmenso prado verde preñado del rocío de las lluvias nocturnas, el olor a tierra húmeda… un sinfín de matices que lo acompañaban durante casi quince minutos de paseo.

Su puesto de trabajo estaba junto a un enorme ventanal del piso bajo de un gran edificio, desde allí podía ver las vías del tren, que parecían perseguirle. Cuando trabajaba en su ordenador, contestando email de clientes con quejas acerca de la compañía, escuchaba pasar los trenes a sus espaldas. A veces contemplaba como los amarillos trenes pintaban ante si un lienzo en movimiento, atropellando su soledad. Sin embargo, desde que había tomado la decisión de quitarse la vida, decidió no mirarlos. De alguna forma quería apartar de su mente esa idea, abandonar tal propósito. Pero la pantalla del ordenador reflejaba lo que acontecía a su espalda, y el tren ahora visto en el reflejo parecía atravesar su cuerpo, como un malintencionado presagio.

Su desgracia podría no ser la más grande del mundo, sus cargas emocionales podrían tener opción a redimirse, pero Contini estaba débil, sentía una pesada carga en sus hombros, no tenia ganas ni motivos para seguir peleándose con la vida. El trabajo le exasperaba cada vez mas, sus compañeros de trabajo hablaban un perfecto ingles, él solo balbuceaba el idioma de Shakeaspeare, a trompicones. Su grado de incomunicación era elevado incluso en el trabajo, sus amistades en la ciudad abundaban por su ausencia. Todo apuntaba a un solo camino. Quería suicidarse. Los trenes amarillos eran la “horca” elegida. Tenía que elegir el día, planear la situación.

El estilo de vida holandés, los holandeses en si, invitaban a caer con relativa facilidad en procesos depresivos, sobre todo en los periodos invernales. Es entonces cuando los cielos se tiñen de gris, un tono marchito que se adorna con lluvias inacabables que enlazan una semana con otra, y que te acompañan allá donde vayas. Aún así, los fines de semana, cuando mas tiempo libre tenia Contini solía pasear por el centro de la ciudad, recreándose con la belleza arquitectónica de la ciudad, observando con aire distraído el crisol de nacionalidades que, como él, recorrían las callejuelas más antiguas de la ciudad.

Los sábados por la mañana solía desayunar en el mismo sitio, un coqueto café que se encontraba justo enfrente del parque de los museos. Se sentaba en el altillo a tomar un capuchino y un cruasan de atún. Desde allí contemplaba la entrada principal del museo Van Gogh, siempre abarrotado de curiosos por conocer la vida y obra del pintor cuyo trágico final venia a recordarle su inminente futuro. Incluso aquel que daba nombre al museo se había decantado en un momento de su maltrecha vida por poner drástico fin a todo, pegándose un tiro en medio del paisaje que estaba inmortalizando en su ultimo cuadro. Quizá el individualismo y el egoísmo en el que se mueve la sociedad holandesa empuje, inconsciente, a tomar determinadas decisiones, a huir precipitadamente de este mundo.

Contini se sentía, en cierta medida, perseguido por los caballos de hierro. Si no estaba en el tren de camino al trabajo, los veía tras de si en su ordenador de la oficina, y si no los muchos tranvías que conectan toda Amsterdam parecían convertirse en su fantasma particular, como si le dijeran ¡Ven… ven a nosotros… lánzate ya!.

Pasaron varios inviernos, grises, melancólicos, con lluvia contante y mucho tiempo pegado al cristal de la ventana. Vinieron veranos, siempre más agitados, también más cálidos. Pasó inagotable el tiempo de la vida, el que marca el devenir de las cosas, y Contini nunca dejo de seguir mirando de reojo aquellos trenes amarillos.

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